Posteado por: Comunidad Politica | 5 agosto, 2010

05 de Agosto – Ezio S. Curvino

Querido Ezio:

Hace seis (6) años, un jueves 5 de Agosto de 2004 como hoy y a esta hora, comenzábamos a asumir que ya tu tiempo estaba cumplido en este mundo. Aunque nuestro amor humano quería retenerte, la resurrección se iba abriendo paso inexorablemente para darte un nuevo cuerpo y naturaleza, los de la Gloria eterna del Cielo.

En ese póstumo instante alcanzaste a dejarnos tu testamento político. Con la simpleza de quienes no necesitan hablar mucho para decir grandes cosas, le dijiste a nuestro amigo Arnaldo Postiglioni: “El ejercicio político en este mundo consiste en prepararse para ser ciudadano del Cielo”.

Naciste un 11 de Agosto de 1941 en la Italia de una plena y horrorosa segunda guerra mundial. Será por eso que fuiste un amante de la paz, de la no violencia, “desde el recuerdo mas temprano de mi niñez que fue del ’44 (yo debía tener tres años) y un bombardeo sorpresivo en mi ciudad natal tomó a mi madre escapando por las calles conmigo a caballito entre gente a los alaridos y desesperada hacia los refugios. Será por eso mi aversión visceral hacia toda manifestación de violencia”.

Fuiste una hombre comprometido con la realidad de la Argentina, a pesar de tu origen italiano. Te desempeñaste como Profesor en la Universidad de Córdoba, fundaste un partido político nacional, y fuiste funcionario de gobierno, y de la Confederación General Económica. Fuiste miembro fundador del Grupo Utopía, y del Grupo Tomás Moro; fuiste Presidente del Rotary Club de Once, miembro de la Asociación Argentino Japonesa y activo impulsor de la Mesa del Diálogo Argentino, en medio de la crisis que asolaba nuestro país en 2001.

Participaste de tantos otros espacios donde se necesitara tu compromiso militante al servicio de un ideal de trabajo silencioso y sacrificado, sin estridencias; pero a diferencia de otros políticos en tu caso no sólo fue importante lo que hiciste, sino mucho más aún lo que fuiste.

Enamorado de San Agustín, amar era tu palabra preferida y ese amor te llevó por muchos caminos, pero el Movimiento de los Focolares y Chiara Lubich te cautivaron para siempre, como nunca. Podríamos contar mucho del devenir de tu vida, de tu búsqueda incesante, pero el tiempo siempre resulta breve para describir a los grandes espíritus.

Eras muchos héroes en uno: Don Quijote capaz de enfrentar hasta molinos de viento; Garibaldi, romántico idealista y bohemio, entregado a toda causa justa por la libertad; Mahatma Gandhi, apóstol incansable de la no violencia; Marthin Luther King, decidido a amar a todos independientemente de su raza, color o condición porque “cada uno es amado totalmente y su Cruz personal es la única que vale para comprenderlo”.

Quienes tuvieron la gracia de compartir tu amistad o conocerte, saben de tu amor incondicional. A tu lado, el más pequeño de los hombres se volvía un gigante; de la mano de tus elogios generosos, de la mano de tu amistad uno se volvía sin remedio una mejor persona. A tu lado nadie podía ser jamás una sombra.

Sin embargo, esa seguridad nacía de una comunidad secreta de amor, siempre el amor: “cuando tenemos a Jesús en medio, ustedes son mi seguridad”. Tu firma 1,1,1 era la gráfica de esa perfección que sólo se puede alcanzar de la mano de los otros y en unidad con los otros. Por eso una vez en sueños, me dijiste “Trabajá por la Unidad, siempre”.

Sería injusto decir que no estás más con nosotros. Honestamente yo siento lo contrario, para mí nunca te fuiste, estas siempre aquí, sé que estás con nosotros, lo siento a cada paso, y cada vez que te visito en tu descanso de la Mariápolis Lía de O´Higgins. Tu palabra de vida escrita con el cincel en mármol es una síntesis de tu vida pero también una esperanza para todos nosotros “porque mucho has amado, mucho te será perdonado”.

Siento que estas palabras de Chiara Lubich bien pueden hablar de lo que fuiste, de lo que sos, y de lo que debemos ser “la pluma no sabe lo que tendrá que escribir. El pincel no sabe lo que tendrá que pintar. El cincel no sabe lo que deberá esculpir. Así, cuando Dios toma en sus manos una criatura para hacer surgir en la Iglesia una obra suya, ella no sabe lo que tiene que hacer. Es un instrumento. Los instrumentos de Dios tienen, generalmente, una característica: la pequeñez, la debilidad “…así nadie podrá gloriarse delante de Dios”. Y mientras el instrumento se mueve en las manos de Dios, El lo forma a través de mil y mil expedientes dolorosos y gozosos. Así lo hace cada vez más idóneo para el trabajo que debe desarrollar. Y puede decir con competencia: yo no soy nada, Dios es todo”.

Ezio Silvano Curvino, amigo, hermano, político y maestro, hoy y siempre estás con todos nosotros.

Autor: Pablo A. Blanco

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