Posteado por: Comunidad Politica | 30 diciembre, 2010

“Hoy, más que solidaridad, necesitamos participación política” por Juan Carr

El fundador de la Red Solidaria critica a los políticos por “el juego de egos”, que impide un “acuerdo profundo”; dice que en la ocupación de terrenos en Soldati los pobres dejaron de ser invisibles y afirma que “la honestidad sigue siendo revolucionaria”.

Parece mentira que lo diga él. Parece mentira que el impacto de los recientes sucesos de Villa Soldati no lo lleve a salir en busca de más voluntades solidarias para comprometerse en mejorar la vida de los otros. No, Juan Carr, el creador de la Red Solidaria, ya no cree que la prioridad hoy sea seguir fomentando la cultura de la solidaridad. Hoy, dice, “la cultura solidaria en la Argentina está instalada en la proporción necesaria. Ahora hay problemas más graves, como la falta de participación política”. Y abunda: “La solidaridad puede construir una casa, dos, pero alguien dijo que se construyeron 8000 viviendas en diez años en la Ciudad de Buenos Aires y que ahora hay 1000 familias que demandan viviendas. Eso lo resuelve la política. Hoy necesitamos que todo el mundo se meta de nuevo en los partidos.”

Será por eso también, por esta conciencia de que sólo la acción de las políticas públicas puede cambiar la realidad social de un país, que Carr le reconoce a la acción política un logro de primera magnitud: “El hambre está a punto de ser derrotada en nuestro país”.

El que lo dice es alguien insospechado de lazos, negocios, militancia o alguna vinculación non sancta con el poder político. De por sí, cuando revela la “inminente” derrota del hambre, le atribuye el mérito al “trabajo del gobierno nacional, de los gobiernos provinciales y del ámbito privado”.

Y admite que es difícil que los medios destaquen entera otra frase que surge de su charla con Enfoques: “En la Argentina hay 1.700.000 hambrientos, pero estamos más cerca que nunca del hambre cero”.

“Esa frase, partida en dos, yo sé qué titulares darían y en dónde figurarían mañana -afirma-. Es tremenda la fragmentación de la Argentina, pero lo sé y no tengo tanta autoridad y tanto poder como para que me tomen la frase entera”.

Carr, un experto en la problemática social, se muestra comprensivo, además, con quienes ocuparon los terrenos en Soldati y también con los vecinos que rechazaron esa usurpación, pero dice no saber si los que tomaron por la fuerza el Parque Indoamericano lo decidieron por sí mismos o impulsados por punteros políticos.

“No lo tengo tan claro. Pero cuando en la Argentina vos pertenecés a la clase media, a la clase media baja y de ahí para abajo, todo el tiempo te manipulan -advierte-. La manipulación es permanente. Hay manipulaciones legales e ilegales, formales e informales. Lo que pasa es que mi preocupación sigue siendo que todavía hay 1100 familias que no tienen casa y la mayoría tampoco tiene trabajo digno. Entonces, desde esa mirada, yo no sé qué haría en la situación en la que están. Si vivo en el Gran Buenos Aires o si estoy en la ciudad y estoy desocupado, si mis hijos tienen frío, yo no sé qué haría. Y, además, habría que redefinir la manipulación porque, al mismo tiempo, en lugar de aparecer alguien ligado a la política, a veces aparece alguien ligado a una inmobiliaria, al mundo hipotecario, y hace otra oferta que es también terrible.”

Nació en 1961, está casado, tiene cinco hijos (con edades que van de los 21 años hasta los 11), es veterinario, profesor de biología, y su nombre es el sinónimo criollo de la solidaridad desde que en 1995, junto con unos amigos con los que jugaba al fútbol en Vicente López, decidió poner en marcha una iniciativa para que los que “están más o menos bien cumplan con la obligación moral de ayudar a los que están más o menos mal”.

Quince años después, este hincha confeso de Boca y de Platense reconoce que está jugando poco al fútbol y que, cuando lo hace, casi no corre o deja su puesto de defensor para ir al arco. Quizá el deporte no perdió un gran valor, pero muchos argentinos pueden dar fe de que Carr y su Red Solidaria, que reciben unas 100 llamadas pidiendo ayuda todos los días, contribuyeron a encontrar chicos perdidos, a que muchas personas consiguieran un trasplante o numerosos enfermos obtuvieran sus remedios. Y sobre todo, contribuyeron a expandir el compromiso y la solidaridad como forma de enfrentar los problemas sociales de la Argentina.

-¿Qué es lo que estuvo en juego en esta ocupación de tierras en Soldati?

-Primero, no puedo dejar de decirle que hay tres familias que sufrieron la muerte.

-Es cierto. Y quizá en todo este conflicto se puso de manifiesto otra vez que la sociedad parece anestesiada ante algunas muertes.

-En la mirada panorámica, los argentinos no hacen muchas distinciones. Pero cuando se detienen un minuto a reflexionar y se acercan al dolor, ahí reaccionan. Si no, siguen la lógica de la vida cotidiana. Igualmente, alguna vez un filósofo amigo me habló de la invisibilidad de los enfermos, de los que esperan un trasplante, de las personas mayores que están solas, de los que por una discapacidad no pueden integrarse, de los desocupados. Esta invisibilidad los condena definitivamente. Es la última estigmatización. Nuestro país está mejorando, la economía va a crecer y el hambre, no la pobreza, sigue bajando. De todas formas, hay 6, 7 u 8 millones de pobres a los que no se los ve, pero si un 1% se hiciera visible y saliera a caminar, sería una imagen tremenda. ¿Qué pasó en Soldati? Salieron a caminar y se manifestaron. ¿Cómo no comprender a un vecino, a ese que alquila, que tiene un trabajo digno, una propiedad? Pero es cierto que todo el tiempo sacamos de nuestra vista a los más postergados y aquí se hicieron presentes brutalmente.

-Pero usted habla de que un grupo de pobres dejó de ser invisible como si hubiera sido algo espontáneo. Es evidente que esta gente llegó, más allá de muchas necesidades claras y concretas, impulsada por punteros políticos. Esta irrupción no es fruto de la casualidad ni sólo de la necesidad. ¿Qué piensa?

-(Largos segundos de silencio.) Mire el tiempo que me estoy tomando… (Sonríe.)

-Ya me di cuenta… Pero fue Margarita Barrientos la que dijo que el 80% que estaba ocupando terrenos tenía casa y auto.

-No justifico ninguna forma de violencia, ninguna forma de utilización de la pobreza ni de manipulación. Punto aparte. Primero: la ocupación de tierras es un clásico argentino, no es nuevo. De hecho, en Gran Buenos Aires, Gran Córdoba, Gran Mendoza, Gran Salta, Gran Rosario, hay millones que viven en tierras que no les pertenecen. Acá lo que impactó fue la magnitud y que haya sido en la ciudad central, eso es inédito.

-Está bien, pero 1000 familias que no llegan de a una sino en una operación combinada no parecía algo espontáneo…

-No se enoje, esa parte no la tengo tan clara…

-No me enojo. Quiero saber qué piensa.

-No lo tengo tan claro. Pero cuando en la Argentina vos pertenecés a la clase media, a la clase media baja y de ahí para abajo, todo el tiempo nos manipulan. La manipulación es permanente. Hay manipulaciones legales e ilegales, formales e informales. Mi preocupación sigue siendo que todavía hay 1100 familias que no tienen casa y la mayoría tampoco tiene trabajo digno. Entonces, desde esa mirada, no sé qué haría en la situación en la que están. Si vivo en el Gran Buenos Aires o si estoy en la ciudad y estoy desocupado, si mis hijos tienen frío, yo no sé qué haría. Debe de haber ahí una manipulación, pero no lo tengo claro. Y, además, habría que redefinir manipulación porque, al mismo tiempo, en lugar de aparecer alguien ligado a la política, a veces aparece alguien ligado a una inmobiliaria, al mundo hipotecario, y hace otra oferta que es también terrible.

-La manipulación no le preocupa.

-Yo mismo soy producto de manipulaciones todo el tiempo. Con este concepto quiero ser muy delicado: es muy impresionante esta capacidad de la Argentina para, en vez de comprometerse con los postergados, enunciar un montón de juicios, uno tras otro. En este caso, además, cargado de un nivel de xenofobia y de racismo que me llenó de dolor. Curiosamente, hace dos semanas yo pedí la ciudadanía boliviana. Voy a pedir la ciudadanía irlandesa, inglesa y española, pero antes quería pedir la boliviana y la paraguaya…

-¿Para qué?

-Sueño que en tres generaciones existan los Estados Unidos de América del Sur y quiero dejar un antecedente. Por supuesto que no soy inocente: es por la permanente postergación que acá hacen del ciudadano boliviano. Igualmente, estoy en un momento de celebración enorme porque a, pesar de todo, el gobierno nacional y el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires llegaron a un acuerdo. Y también me impresiona que había un grito popular, que la Argentina en algún lugar aún madura y que todos pedían un acuerdo. Hace unos diez, veinte o treinta años éramos mucho más indiferentes a la muerte.

-Vuelvo a Soldati y a los pobres que dejaron de ser invisibles: frente a la necesidad de esa gente, ¿es una formalidad “burguesa” condenar el hecho de que hayan reclamado vulnerando la ley, usurpando terrenos, con violencia?

-Y… venimos de lugares difíciles, complicados. Distintos sectores de la Argentina utilizaron metodologías, faltaron a la ley, por ejemplo con la simpleza de cortar una ruta para demandar, y les fue bien. Al principio venía de determinados lugares y después se generalizó. No hay sector sociocultural de la Argentina que no lo haya utilizado. Eso merece una condena. Pero a la Argentina le falta un acuerdo profundo. Lo vivo yo con el tema del hambre. Mire, en nuestro país hace nueve años que viene bajando el hambre como nunca como consecuencia del trabajo del gobierno nacional, de los gobiernos provinciales y del ámbito privado. Gracias a eso, el hambre está a punto de ser derrotada en nuestro país.

-¿El hambre está por ser derrotada?

-Sí, es inminente. En este momento, de cada 23 argentinos, uno tiene hambre. Es el momento de nuestra historia en el que hay menos hambre.

-¿Cómo fue el proceso de reversión del número de argentinos con hambre?

-En 1998, 1999, antes de la crisis, teníamos un número catastrófico: entre 24 y hasta 36 menores de seis años morían desnutridos en la Argentina. La crisis de 2000 consolida ese número. El hambre luego empieza a bajar por un montón de motivos, pero, sobre todo, por la producción del campo, por la generación de empleo, por la calma generada. Con el gobierno de Néstor Kirchner, en 2003, estábamos en las 12 muertes diarias. Y ahí viene un momento muy increíble con la política social del Presidente y de su hermana, de muchos gobiernos locales y la producción del campo, que empieza su explosión y genera trabajo en negro, en blanco, o changas. Así bajamos de 12 a ocho muertes diarias. Les salvamos la vida a 3000 chicos por dos actores clave, el Gobierno y el campo, que cuatro años después terminan chocando. Después viene un amesetamiento en ocho muertes diarias y el último impacto es la asignación universal, con el que habremos bajado una o dos muertes diarias. ¿Qué es lo que ahora pasa? De 1.700.000 personas que tienen hambre en la Argentina, de los cuales tendremos un piso de 40.000 menores de seis años desnutridos, a la tercera parte la ubicamos ya mismo en comedores y escuelas. Tendría que salir a buscar el resto, pero es muy difícil saber dónde están: unos 600 mil que son, sobre todo, de los pueblos aborígenes o algunos lugares inaccesibles de grandes ciudades. Si a 38 millones de personas les llega la comida a la mesa tendría que llegarles a dos millones, pero para eso hace falta el acuerdo soñado del Gobierno, los gremios, las cooperativas, la economía, la política, la comunicación. No hay un problema alimenticio, el problema es este acuerdo: hay que hacer casi una distribución artesanal, hay comedores de la izquierda, otros de los sectores democráticos de derecha, otros de los judíos, otros de la Iglesia… Para paliar el hambre hace falta un paquete de comida, pero para terminar con el hambre hace falta educar. Ese es el segundo paso. La economía va a crecer y hay que distribuir mejor, pero temo que la dirigencia general, no sólo la política, se lleve puesta esa ventaja que vamos a tener por su propia confusión, por este juego de egos, de individualidades.

-¿Y los índices de pobreza se mantienen? Tenemos 7, 8 millones de pobres.

-Sí. Y cuando pase el proceso eleccionario se le puede pegar otro golpe. Es mi esperanza. Lo que no puede generar la solidaridad es empleo. Y el trabajo depende del capital: sueño con una alianza entre el mundo privado y el público para que pongan dinero a pérdida y generen 10.000, 20.000 o 50.000 empleos. Ese acuerdo tendría un enorme impacto laboral, sobre todo por la condición dignificadora del trabajo. La Argentina tiene 1.500.000 adultos desocupados y subocupados, y la mitad posiblemente nunca consiga empleo.

-Algunos interpretaron que el conflicto de Soldati también se desató por el aumento de la desocupación y el impacto de la inflación entre los más pobres. ¿No es así?

-Normalmente, el que gobierna dice que está terminando con la pobreza y la oposición asegura que la pobreza está aumentando. A mí mismo me gustaría mucho más hablar de hambre y de pobreza, pero me cuesta mucho. Cuando digo: “En la Argentina hay 1.700.000 hambrientos, pero estamos más cerca que nunca del hambre cero”, esa frase, partida en dos, yo sé en qué titulares y en dónde figurarían mañana. Es tremenda la fragmentación de la Argentina, pero lo sé y no tengo tanta autoridad ni tanto poder como para que me tomen la frase entera.

-Alguna vez le preguntaron por qué no se dedicaba a la política y usted contestó que lo que hacía era política pura…

-…Estoy cada vez más político. Necesito que todo el mundo se meta de nuevo en los partidos. Necesito nuevos socialistas, nuevos radicales, nuevos peronistas, nuevos dirigentes de Pro.

-Y también necesitará que se sume más gente a la Red Solidaria, ¿no?

-No, ahora no. Hoy, más que solidaridad, se necesita participación política. La cultura solidaria en la Argentina está instalada en la proporción necesaria. Ahora hay problemas más graves, como la falta de participación política. Yo estoy tratando de colaborar con la construcción de una escuela bilingüe toba en el oeste de El Impenetrable, tratando de construir la Casa Garrahan Chaco en Resistencia. La solidaridad puede construir una casa, dos, pero alguien dijo que se construyeron 8000 viviendas en diez años en la Ciudad de Buenos Aires y que ahora hay 1000 familias que demandan viviendas. Eso lo resuelve la política.

-En algún momento dijo que “lo revolucionario es ser honesto?”. ¿Piensa lo mismo?

-Sí, soy hijo de un montón de revoluciones, y uno crece tratando de ser un revolucionario en algún lugar. Lo tremendo es que hoy, sin participar activamente de una revolución como uno se lo imagina, la honestidad sigue siendo un hecho revolucionario. Además, es muy útil, es una herramienta fantástica. Y agregaría: hay que construir un nuevo liderazgo que busque la humildad. Yo soy pedante, pero me humillan todo el tiempo. Combato diez batallas por día y pierdo nueve, me humillan todo el tiempo, pero trabajo la humildad. Nuestro chiste en la Red Solidaria cuando aparece algún directivo o dirigente es decir: “Este, en vez de estar en favor del hambre cero, está por la humildad cero”. A la honestidad como revolución yo le agregaría la vuelta a la humildad, un valor enorme, que te da una enorme perspectiva. Inclusive hasta de la soberbia se lo digo: la humildad es un negocio increíble.

© LA NACION

MANO A MANO

La solidaridad no descansa. Lo sabe Juan Carr, obviamente, pero yo lo descubrí al terminar la entrevista. Es que se levantó de su silla y en pocos minutos terminó en la calle intercambiando mails con una enfermera que le pedía ayuda por unos medicamentos y, además, hablando con una señora que estaba perdida, a la que él invitó con una gaseosa mientras le ofrecía llevarla en remise hasta la zona a la que debía llegar. Me pareció un personaje ubicado en otra dimensión, desconocida si se mide con la vara de la dirigencia tradicional argentina. Algo inocente, gran conversador, empedernidamente optimista y muy alejado del molde del argentino promedio, ése que siempre encuentra un problema para cada solución. Carr defiende a la clase política, aunque le marca errores, y no pierde el equilibrio ni por un segundo cuando, por ejemplo, identifica a los responsables de que el país esté a un paso de derrotar al hambre. Me sorprendió que no tuviera en claro quiénes estuvieron detrás de los ocupantes de terrenos en Soldati, pero es otro rasgo de Carr que me cayó bien: no teme decir “no sé”. Entre eso y su defensa de la humildad quizá le esté aportando al mundo político, por ejemplo, una solidaria cuota de sensatez.

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